Aquel que piense que puede lograr algo solo, es un necio.
Durante las últimas semanas, por una u otra razón, me he visto imposibilitada de escribir en mi blog. ¿Razones? Muchísimas. Pero en realidad, sólo son excusas, y como me dijo una vez alguien, “las excusas sólo sirven para el que las da”. Ha sido gracias a la insistencia de amigos y fieles seguidores de mi blog, que no he abandonado la misión que con tanto entusiasmo emprendí a principios de este año. ¡Qué fácil es dejarse arropar por el día a día, por las circunstancias, por las constantes y urgentes situaciones de “apaga fuegos” que nos llegan, o mejor dicho, que de alguna manera, consciente o inconsciente, atraemos a nuestras vidas! ¡Qué fácil puede ser perder de vista tu visión! Por suerte, cuento con un sistema de apoyo infalible, y es el de ser parte de un círculo de amigos y familiares que me sostienen siempre en que puedo lograr cualquier cosa que me proponga y por si acaso, ellos están ahí para asegurarse de que así suceda.
Cada lunes que no hay nada nuevo en el blog recibo múltiples llamadas de reclamo, en particular una llamada casi cronometrada de una amiga y compañera de trabajo que sin lugar a dudas está comprometida en que yo sea mi palabra y cumpla con mi cometido. Gracias a ella y a sus secuaces, visité la semana antepasada un lugar de nuestra ciudad que, además de desconocido para mí, se encuentra situado en un lugar un tanto escondido. Se trata del “Maleconcito”, que viene siendo una especie de extensión del Malecón. Para acceder a este lugar debes ir con el propósito de llegar allí. Muy poco probable que pases por ahí y digas “déjame pararme aquí”.
De camino, mis amigos se pararon a comprar comida con la idea de que encontraríamos un espacio para sentarnos y comerla frente al mar. La idea estuvo muy chula, pero para nuestra sorpresa, el lugar estaba lleno. Varios carros aparcados y múltiples personas sentadas en un murito de piedra un tanto limitado haciendo nada. Sólo hablando y aunque no me fijé, de seguro disfrutando de una cervecita o de un traguito de Brugal.
Al final paramos en el Malecón de verdad, en donde encontramos unos un poco más cómodos bancos y nos sentamos a comer, a hablar y sobre todo, a reír sin parar. Sin embargo, antes de que el pragmatismo nos hiciera re-diseñar el plan, al desmontarme en el carro todavía en el área del Maleconcito, tuve un Déjà vu. Descubrí que el lugar no era tan desconocido, pues me vino una imagen a la mente de haber estado en mi niñez en un lugar similar (de seguro ese mismo u otro cercano) acompañada de mi padre. Recuerdo la caminata por una calle sin asfaltar hasta llegar a las rocas en donde nos colocamos a hacer algo que de seguro hoy en día sería imposible hacer en ese lugar: pescar. La imagen me vino como si fuera la escena de una película en donde el padre saca un momento de su ajetreada agenda para dedicar “tiempo de calidad” a su hijo. Lo único que mi padre lo estaba haciendo conmigo: su hija menor. Me sentí afortunada al recordar esa escena, pues ¿cuántas mujeres pueden decir como yo, que se sentaron en un arrecife del Malecón a pescar con caña con su padre? Ni siquiera recuerdo si llegamos a pescar algo; ni pensar en recordar de qué hablamos mi padre y yo; pero la escena de estar sentados en las rocas frente al mar, caña de pescar en mano, es una imagen que quedó grabada en los archivos de mi mente para siempre, y que mi visita al Maleconcito despertó.
Por supuesto, esta vez la escena era diferente. Ya no hay terrenos baldíos; en su lugar hay modernos edificios blancos con grandes balcones y ventanales tipo Miami, frente a los cuales es casi irresistible el romanticón pensamiento de “me gustaría tener algún día un apartamento como ése… frente al mar”. Sin embargo, el propósito era similar. La intención de mi padre para llevarme a esa aventura era conectar con su hija y dejar una memoria imborrable en mi mente. La de mis amigos era sin duda similar. Conectar, pasar un buen rato y dejar una huella en mi memoria.
Es increíble como cosas pequeñas, momentos en apariencia sin importancia, pueden tener el poder de la trascendencia. Y esto funciona en doble vía, porque sin duda, la huella también pudiera ser negativa. La lección es simple, pero al mismo tiempo profunda. Se trata de vivir el ahora, de estar presente en cada momento vivido. Porque cualquier cosa que hagas o digas, por insignificante que parezca, pudiera dejar una huella imborrable en el otro. Y también, si no estás atento, pudieras perderte el regalo de que otros dejen una huella en ti.
Sea como sea, nunca olvidaré que con un trío de amigos, comí sushi en el Malecón.
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