lunes, 31 de enero de 2011

Lugar desconocido #4: restaurante árabe

Esta semana que pasó fue verdaderamente especial. Después de una jornada de trabajo sin precedente, escogí dejarme llevar por dos de las personas más importantes de mi vida: mis dos hijos varones. Los pasé a buscar un poco tarde ya en la noche, y cuando se montaron en el carro, simplemente les dije: “Mis hijos, necesito que me lleven a cenar a un lugar desconocido”. Comenzaron a mencionar lugares, y ninguno aplicaba para mi peculiar misión semanal. “Ya fui”, “lo conozco”, les iba diciendo, mientras ellos cantaban su lista con entusiasmo. Hasta que mencionaron uno que realmente no conocía, pero que sí había escuchado hablar de él.

Al acceder a ir al lugar sugerido por mis hijos, sabía que corría el riesgo de descubrir, no sólo un lugar desconocido, sino todo un mundo desconocido para mí: la vida social de mis hijos. Porque por sorprendente que me parezca, a su edad, mis hijos tienen una vida social mucho más activa que la mía. Todos los fines de semana van a uno de los centros comerciales de la ciudad. Muchas veces a hacer nada, simplemente a “janguear”. O si no, un cine, o una “juntadera” (la nueva palabra del momento) en casa de algún compañero o compañera del colegio. Y les confieso, que me sentí aterrada. Porque a medida que los hijos van creciendo, sobre todo si son varones, uno no tiene de otra más que confiar en los valores inculcados en ellos hasta el momento, y dejar que tengan –en la medida de lo razonable, por supuesto- sus propias experiencias. Pero como madre, es todo un dilema. La frase famosa de “¿sabes dónde están tus hijos?” alberga una disyuntiva aterradora, porque ¿realmente queremos saber? ¿Cómo manejar si tus hijos frecuentan algún lugar inapropiado? La prohibición es siempre una opción; el castigo también, pero ¿y si hacer eso es peor? El manual para padres de hijos adolescentes aún no ha llegado a mis manos y como los tiempos han cambiando tanto, la referencia que tenemos, que es la crianza recibida por parte de nuestros padres, se ha convertido en prácticamente un absurdo.

Al entrar al lugar, mi hijo mayor saludó al dueño del establecimiento, un señor de unos cincuenta años evidentemente árabe, como si fuera su “pana full”. Lo que por supuesto evidenciaba que mi hijo era un visitante regular del lugar. Me molesté un poco porque no me presentó. De repente, me sentí como la mujer que el hombre no quiere presentar a sus amigos. “Humm” pensé, e inmediatamente yo misma me auto-presenté con tono un tanto autoritario y sarcástico. “Buenas noches, yo soy su madre”. El hombre no pudo evitar entrever una sonrisita y muy cortésmente me dijo: “No se preocupe, señora” – como si entendiera todo lo que yo estaba pensando – “usted es como la 4ta madre que nos ha visitado en esta semana”. Bueno, me sentí aliviada; al menos, yo no era la única madre juiciosa y desconfiada.

Se trata de un pequeño restaurante árabe que los jóvenes de la edad de mis hijos frecuentan. Lo que tiene de particular el lugar, prefiero no comentarlo, pues hacerlo pudiera acarrear cierta controversia. Lo que sí puedo decirles es que a pesar de mi gran dilema de si el lugar es apropiado o no para mis hijos, me sentí satisfecha de que ellos tuvieran la confianza de compartir la experiencia conmigo. Ser la madre moderna, abierta y chula tiene sus beneficios; lo reconozco, aunque no siempre adopto esa postura. Eso sí, esa inseguridad de si estaré haciendo lo correcto no desaparece tan fácilmente, y les confieso que tuve que poner de mi parte para no salir corriendo a pedir ayuda gritando: “Auxilio!! mis hijos ya están grandes; ya se me fueron de mis manos”.

El lugar estaba prácticamente vacío por la hora y por ser domingo, asumo yo, y fuimos atendidos personalmente por el propietario, quien muy gentilmente me dio todos los detalles (al menos eso prefiero pensar) de lo que hacen y no hacen los jóvenes en su establecimiento. Me pareció un ambiente sano; no puedo decir lo contrario aún a pesar de mis prejuicios. En un momento, me atreví a preguntarle a este particular hombre su procedencia y por qué estaba en este país. Siempre me ha sorprendido cómo los extranjeros se enamoran de este país de una manera casi mágica. Muchas veces vienen de visita y sencillamente deciden quedarse. El hombre es palestino, de Jerusalén, -me especificó, por si acaso yo no supiera de qué nación me estaba hablando. Vivió prácticamente toda su vida adulta en Venezuela, en donde tenía negocios, hasta que debido a Chavez –según me contó- lo perdió todo y decidió migrar a tierras más amigables económica y socialmente. Hizo mucho hincapié en la seguridad que gozamos los dominicanos, poniendo el ejemplo de que en Venezuela ni pensar tener un negocio tan desprotegido y abierto hasta tarde en la noche.

A medida que fuimos avanzando en la conversación, me di cuenta que quizás no había sido muy prudente en no advertirles a mis hijos de ciertas cosas. Uno de ellos me dijo: “Mami, pero tú has viajado a Jerusalén”, y me instó a contarle al señor las circunstancias en las que había visitado Jerusalén años atrás. ¡Qué apuro! Resulta que mi difunto padre fue embajador dominicano en Israel, y tanto él como mi madre, grandes simpatizantes del pueblo judío; simpatía que particularmente adopté a lo largo de los años como si fuera una herencia familiar. Mis hijos sin darse cuenta me habían puesto la estrella de David en la frente, y ya no tenía forma de esconderla. Traté de salir del apuro muy diplomáticamente, midiendo cada palabra, pero para mi sorpresa la reacción de mi interlocutor fue sumamente civilizada. Me habló del conflicto árabe-israelí con muchísima altura, pero sin dejar de mostrar su corazón. Su rostro y su tono de voz inmediatamente develaron una gran tristeza, sobre todo cuando concluyó diciendo: “ese conflicto entre nosotros y los judíos no tiene solución. Hemos tratado, hemos tratado, pero nada ha valido”.

El señor me dio varios argumentos de por qué Palestina les pertenece a ellos y no a los judíos; argumentos que yo prudentemente no me atreví a refutar. Me limité a escuchar, no porque no me guste polemizar, sino más bien porque no cuento con los suficientes elementos como para salir airosa de tal debate. Si hubiese sido mi padre o mi madre que estuvieran allí, otra historia hubiese sido, pues su simpatía por el pueblo judío –desde mi punto de vista- siempre estuvo bien fundamentada en mucha información y conocimiento. Sólo me limité a comentar cuán increíble era que dos pueblos se estuvieran peleando por tantos años por un espacio terrenal tan ínfimo comparativamente, incluso con nuestro propio país.

La conversación concluyó muy amigablemente, y me fui con un solo pensamiento en mi mente y corazón: “todo es una interpretación”, y cada quien se cree dueño de la verdad. Pero en realidad, no existe la verdad, sino verdades, y cada quien tiene la suya. Oportuna la lección para el dilema entre el lugar y mis hijos. ¿No creen?

Hasta la próxima semana.

lunes, 24 de enero de 2011

Lugar desconocido #3: diligencias con la Tía

Voy a empezar “poniéndome ‘alante”, como decimos en buen dominicano. Primero, porque hoy no es domingo, sino lunes, y me había prometido escribir cada domingo en la noche, de manera que mis lectores recibieran mi escrito al inicio de cada semana. Sin embargo, como hoy es día de fiesta, podríamos decir que mañana martes es un lunes “cimarrón”. Por lo menos, - como me diría un amigo que aprecio mucho- ese es el cuento que me funciona.

Segundo, en realidad, durante esta semana fui víctima de mis circunstancias y no planifiqué ningún lugar desconocido al cual visitar. Esperaba poder viajar durante el fin de semana largo a un lugar exótico, como Bahía de las Águilas, las Cuevas de las Maravillas, o –por qué no- a un lujoso resort en Bávaro. Lamentablemente, o quizás afortunadamente (quien sabe), escogí quedarme en la ciudad y avanzar con un montón de trabajo que, francamente hubiese sido imposible lograr si no fuera por estos días de asueto. Otro cuento que me funciona (jiji!). Pero la verdad es que fue una semana perfecta. Mucho trabajo, pero también mucha risa y compartir con amigos y colabores en mi visión de vida. Soy afortunada, pues tengo un trabajo muy divertido. Lamento decepcionar a aquellos de mis lectores que esperaban leer sobre un lugar exótico. Y es que este blog no se trata tanto de los lugares, sino más bien de las experiencias, de descubrimientos y de la gente con las cuales comparto esas experiencias. Es como el show de comedia norteamericano “Seinfeld”, que es un show de nada, es decir, de experiencias que personas comunes viven en la cotidianidad de la vida. Los que disfrutan ese show tanto como yo, sabrán a lo que me refiero. Y detrás de esa simpleza, hay una gran enseñanza: cada momento vivido trae su propia riqueza. Qué pena que no siempre tenemos los ojos abiertos para verlo.

Mientras conducía a casa hace unos minutos, decepcionada de mi misma por no haber cumplido mi promesa de visitar un lugar desconocido cada semana, escuchaba un cd de música de trova y sonó la canción “Yolanda” de Pablo Milanés. Inmediatamente, conecté con un momento al principio de semana que viví con una tía mía, quien adora esa canción y siempre me ataca para que se la cante en todos los eventos familiares. ¡Claro! –pensé, visité mi lugar desconocido esta semana, lo único que no fui yo quien lo planifiqué, pero es un lugar desconocido y sucedió durante la semana, así que aplica. Y reflexioné sobre lo afortunada que soy, pues además de tener un trabajo divertido que me encanta, también cuento con personas en mi vida como mi tía, a quien me referiré en este escrito con un nombre ficticio, pues no tengo autorización de ella para divulgar su nombre y si la llamo a estas horas de la noche, de seguro pasaría de afortunada a desdichada por el merecido boche que me daría.

Esta tía (llamémosla Tía Milly) es todo un personaje. Católica hasta la maceta, o más bien debería decir cristiana, porque conozco pocos católicos practicantes en cuerpo, alma y espíritu como ella, a quien la vida no le concedió hijos, pero en su lugar le dio sobrinos de sangre, pero sobre todo, sobrinos de cariño. Y es que la Tía Milly le ha dado todo un nuevo significado al verbo servir. Su agenda diaria está llena de diligencias de sus seres queridos. Diligencias documentarias, como sacar un pasaporte, la cédula o el carnet del seguro. Ella es como la “tributaria” oficial de la familia. Diligencias bancarias; ella es la tía a las que los familiares y amigos cercanos confían sus finanzas. Pero sobre todo, diligencias médicas. Si tienes un dolor en la uña del dedo meñique del pie izquierdo, sólo tienes que llamar a Tía Milly y ella sabrá a cuál médico visitar, cómo se llama la secretaria del consultorio, a qué hora es mejor ir porque no hay mucha gente, si hay parqueo cómodo o no, y si el doctor recibe por cita o por orden de llegada. Y si no lo sabe, se tomará la molestia de llamar y averiguar hasta el más mínimo detalle. Pero no se queda ahí. Si consultaste con la Tía Milly sobre alguna de estas diligencias, debes saber que caíste en un gancho, porque ella no descansará hasta que hayas concluido el asunto. Con la Tía Milly no hay escapatoria; te caerá atrás como el gas morao’, pues ella te dará seguimiento día tras día y créeme, no lo olvidará. Pero lo mejor de todo es la manera en que lo hace. Te reprochará (no pienses ni por un segundo que no), y te dirá tu verdad en tu cara (a mí me ha dicho tantas y tantas veces que ya hace tiempo que dejaron de ser boches), pero la dulzura y podría decir, el respeto con que lo hace, no te deja otra opción más que ceder, si no para complacerla, al menos para salir de ella, aunque temporalmente, pues sin duda habrá una próxima ocasión en la que necesitarás de sus servicios.

Para una persona como yo, para quien ir al médico es una pérdida de tiempo (no es que piense que eso está bien, por si acaso), y para quien andar sin el carnet del seguro no puede tener mayores consecuencias (claro, hasta que me vea en el apuro), contar con una tía como ésta, es una gran fortuna. Tía Milly viene siendo como la extensión de mi madre en todos aquellos aspectos en los que mi terquedad no me permite recibir la ayuda que con tanto amor se me ofrece. Para todas esas cosas, está la Tía Milly.

A principios de semana, la Tía Milly se levantó tempranito, condujo su carro hasta mi casa para recogerme y llevarme a hacer una de esas diligencias. Ella sabe que si no lo hace así, probablemente pase todo otro año y yo no resuelvo el asunto. Su misión es clara y directa: secuestrarme por unas horas por mi propio bien. Estamos hablando de algo verdaderamente planificado, aunque no lo crean, desde el año pasado. Yo fui una de sus primeras anotaciones en su agenda nuevecita del año 2011. La noche antes me llamó para confirmar la hora exacta en la que estaría recogiéndome. Pero no sólo eso, esa misma noche, o quizás desde hace ya una semana atrás, ella ya sabía cuáles otras diligencias podía hacer junto con la mía que quedaban en camino o cerca. Nada parecido a cuando yo salgo de casa cada mañana, muchas veces con un montón de cosas que hacer, con cero planificación, y dando más de un viaje en balde por haber olvidado en casa los papeles necesarios para la diligencia en cuestión. ¡Cuánto que aprender de la Tía Milly¡

Pero no se crean que estoy hablando de una viejita controladora y aburrida; todo lo contrario. La Tía Milly es divertida y con una chispa que ni los achaques propios de la edad han logrado apagar. Anda con su bastón, pero sólo por si acaso es necesario o conveniente usarlo, bien “pepilla” –como diría mi abuela, con sus tenis cómodos pero a la moda siempre, y con su cartera combinada bien asegurada bajo el brazo. Ella no se permite quedarse atrás por el pasar de los años. Se mantiene actualizada y es la tía más cibernética de la familia, pues todos los días chequea su email y cada semana, por supuesto, mi blog.

Todas las diligencias de esa mañana eran por Gazcue y quizás una que otra de camino. Mi diligencia no fue a un lugar desconocido para mí, pues anteriormente lo había visitado, no por mi cuenta claro, con mi madre. Pero luego que concluyéramos exitosamente, acompañé a mi amorosa secuestradora a otro lugar en donde ella tenía que hacer una diligencia propia: el Colegio Dominicano de Notarios. Abogada de profesión y notario público, “de los del número del Distrito Nacional”, como reza en las coletillas de los notarios al pie de los contratos, mi tía necesitaba hacer una breve parada en aquel lugar, para mi suerte, totalmente desconocido para mí.

El local no tenía nada de particular que no fuera que se trata de una clásica casona en la calle Danae de Gazcue remodelada muy finamente para funcionar como oficinas. En lo que esperaba a mi tía, deambulé por los pasillos y me puse a ver la galería de los anteriores presidentes del colegio. Vi algunos nombres ilustres y conocidos de la vida pública dominicana, pero para mi sorpresa y si mal no recuerdo, sólo dos mujeres han sido presidentes del colegio de notarios. Me extrañó mucho, pues quizás es sólo una percepción mía, pero la mayoría de los notarios que conozco son mujeres. Ni bueno ni malo, sólo digo que me pareció raro. De regreso, mi tía me contó, entre otras cosas, como ella y mi madre se hicieron notarios en el año ____ (mejor me lo reservo para que no me maten), y de lo difícil que es hacerse notario hoy en día. Fue una visita breve y en mucho menos de lo que pensaba ya mi Tía me conducía de vuelta a casa.

Como ven, mi lugar desconocido de esta semana no tuvo nada de especial. Ningún acontecimiento extraordinario, ninguna anécdota jocosa, ni nada por el estilo. El lugar podría decirse que no fue importante, pero sí lo fue lo que me llevó allí, y más que eso, es importante quien me llevó. Muchas veces cometemos el error de reconocer a las personas que nos sirven y que nos brindan amor cuando ya no están, cuando es demasiado tarde, y eso sí es una verdadera terquedad. Hoy yo tengo cédula, carnet del seguro médico, el año pasado me hice todos los exámenes médicos que debía hacerme, y muchas otras cosas más, gracias al cariño y compromiso de mi Tía Milly y a la conspiración que ella y mi madre sostienen para hacer de mi vida una vida mejor. De eso sí vale la pena escribir.

Hasta la próxima semana.

domingo, 16 de enero de 2011

Lugar desconocido #2: el Barrio Chino

Sin temor a equivocarme, puedo afirmar que los inmigrantes más destacados del mundo entero son los chinos, pues a donde quiera que migran se hacen notar. Y pienso que esto se debe, además de sus evidentes rasgos físicos y al gran volumen de su migración, a la riqueza de su cultura. De seguro que en cada ciudad del mundo hay un Barrio Chino, y Santo Domingo no es la excepción, a pesar de que tomó años para que se bautizara oficialmente como tal.

Podría decir que este lugar es semi-desconocido para mí, pues -aunque no lo recuerdo, estoy casi segura que en algún momento de mi vida pasé por esa sección de la Duarte, pero nunca lo había visitado después de que lo delimitaran a cada extremo con esas dos gigantescas estructuras en forma de pagoda.

Debo admitir que mi visita estuvo marcada con cierto prejuicio, pues hace aproximadamente 3 años, tuve el privilegio de visitar el barrio chino más grande del mundo y el que, por supuesto, tiene la mayor población de chinos: la China. Y como era de esperarse, ante tal comparación, quedé un poco decepcionada.

Primero le dimos un vistazo en carro en lo que encontrábamos parqueo y contemplábamos las estatuas de la acera de quien asumimos era Confucio, y luego nos desmontamos y caminamos apenas media cuadra. Como esta vez me hice acompañar de una amiga que ya conocía el lugar y que fungió como guía turística, tan sólo entramos a dos lugares que ella ya conocía y que por alguna razón, entendió que eran a los que valía la pena entrar; el primero una tienda, y luego a un restaurante. Mientras recorría la tienda no pude evitar sentirme engañada al descubrir que mucho de los artículos que orgullosamente exhibo en la sala de mi casa como souvenires de mi viaje a China y que cargué en una maleta so pena de pagar un exceso de equipaje desde el otro lado del mundo, se exhibían en esta tienda a precios irrisorios. “Me engañán”, pensé en mis adentros. Quien me manda a no haber hecho como mi madre, quien fue mi acompañante en mi travesía a la China, y que muy inteligente de su parte compró cosas poco comunes que realmente valían la pena. Yo, en cambio, hoy descubrí -3 años después- que sólo compré baratijas. Moraleja: si alguna vez vas a viajar a la China, primero visita el barrio chino de tu ciudad, y cuando te toque comprar en la China de verdad, asegúrate de hacer como mi madre; compra cosas como prendas de Jade originales, cuadros bordados de seda, muñecas de porcelana, o simplemente artículos que no vas a encontrar en la calle Duarte.

La visita al restaurante fue totalmente típica. Los dueños, una familia china (dah!). El esposo chino peleando con la esposa china, ¡adivinen! en chino. A lo mejor no estaban ni siquiera peleando, pero todo en ese idioma, que ni pretender saber si era cantonés o mandarín, suena a pleito. Por más que trate, no creo lograr imaginarme a ese mismo chino enamorando a su mujer. Y, por otro lado, los mozos que más dominicanos no podían ser. El que nos atendió, un típico tigre dominicano, no tenía la más mínima idea de cómo servir una mesa, pero –como es de esperarse, se salió con la suya con el más preciado recurso que tenemos en este país: la simpatía. Y no es que los chinos no sean simpáticos, es que la diferencia cultural es tan abismal que no hay manera de que podamos entenderlos. Para nosotros, un chino simpático es como escuchar a un dominicano haciendo un chiste chino, de esos que ahora ponen a circular por BB. Aunque, si bien es cierto que jamás podrán pronunciar adecuadamente la “r”, una cosa sí hay que reconocerles y es que nadie cocina como los chinos.

La comida fue tal como me la esperaba: rica, barata y abundante, pero sobre todo, rápida. Mi amiga comentó: “Wow! parece que tienen una paila de Chow Fan lista para servir”. Inmediatamente, mi mente graficó la paila gigantesca y un chinito todo sudado sirviendo sin medida. Interrumpí mi imaginación en ese momento, porque en los restaurantes chinos es mejor no imaginarse nada de cómo preparan la comida; lo mejor es comérsela y punto. Y la verdad que es tan buena, que qué importa. Ordenamos para dos, pero sobró más de la mitad, así que pedimos que nos la pusieran para llevar. Al final, terminamos comiendo de la misma comida cuatro personas, y ¡adivinen qué!, todavía sobró “pa’ po’ la”. Lamentablemente, no puedo decir lo mismo de la comida que consumí en mi viaje a la China de verdad, pues aunque tenían los mismos platos típicos, el sabor no era el mismo de la comida china “dominicana”. Recuerdo que en la ciudad de Beijing, ya mi paladar cansado de lo mismo, decidí entrar a un MacDonald, y para mi decepción, las hamburguesas en la China son totalmente diferentes, y no para mejor, según mi gusto. Es un verdadero misterio; en la China, la comida china no sabe a comida china, y la comida americana sabe a comida china.

Una cosa que no cambia, que sucede “aquí y en China” y que pueden esperar encontrar siempre en cualquier restaurante chino del mundo, es que cuando sales del establecimiento todo tu cuerpo, especialmente el pelo y la ropa, quedan impregnados de un característico olor. Es como si te la hubieras untado, en vez de haberla ingerido. Y si para colmo, como fue mi caso, entras comida para llevar dentro del carro, debes estar prevenido de que ese olor a grasa y a salsa colorá’ te acompañará por varias horas, y cuidao’.

Pero a pesar de mi decepcionante descubrimiento en la tienda y del souvenir en forma de olor que todavía permanece aún escribiendo estas líneas, no puedo negar que mi visita al Barrio Chino fue interesante. Lamento haber olvidado tomar una foto. Siempre olvido algo; por suerte, esta vez no fue la llave del carro. En fin, mi visita la caracterizó una comida buena y abundante, adornos coloridos y extravagantes, y sobre todo, descubrir que hasta los chinos terminan “aplatanándose”. En serio, en un momento me hice la pregunta de si estaba en el Barrio Chino en Santo Domingo o en el Barrio Dominicano en la China.

Hasta la próxima semana, que espero me lleve a un lugar desconocido fuera de la ciudad.

domingo, 9 de enero de 2011

Lugar desconocido #1: el metro


¡Hola de nuevo! Hoy visité mi primer lugar desconocido del año 2011. Y la verdad que me encantó. Durante varios días estuve debatiéndome en cual debía ser ese lugar. Como era de esperarse, había limitantes; las ya habituales que muchos conocemos: tiempo y dinero. Pero por esta vez, voy a pensar que en vez de “limitantes”, más bien fueron “causantes”; porque al final de cuentas sirvieron como señales en el camino para llevarme a mi destino, el cual fue perfecto.

Después de dar un poco de mente sobre algún lugar dentro de la ciudad de Santo Domingo que no conociera, y de recorrer en mi cabeza monumentos y sitios de interés, caí en cuenta que más que un lugar, lo que debía visitar era un medio: un medio de transporte: el metro. Un poco avergonzada debo admitir que no conocía el metro. Era de esas cosas que uno tiene pendiente y que como no es vital, pues no busca el momento para hacerlo.

Mi visita fue puntual. Acompañada de una amiga y cuatro niños, entre ellos mi hija de 7 años, llegamos a la estación Francisco Caamaño a eso de las 6:30 pm; a la hora mágica, que es la hora favorita de mi amiga, porque ni es de día ni es de noche. Inmediatamente bajamos a la estación, sentí como si en vez de llegar en carro, acababa de bajarme de un avión. Supongo que a todos los que han tenido la dicha de viajar a otras latitudes, le pasa lo mismo. Ni siquiera es comparable con el de Nueva York, pues éste está nuevo y para mi sorpresa, muy bien mantenido. Se puede comparar quizás en su apariencia, guardando la distancia por supuesto –pues tiene tan solo una línea-, con el de Washington, D.C. Wao! Todo nítido, limpio, nuevo. Es más, la operadora (sí, una mujer), hasta hablaba igual que los de fuera; no se le entendía nada cuando anunciaba la llegada a una estación. Y entonces, uno mira el letrero en la estación y se dice –Ahh, estamos en Amín Abel.

Pero en realidad eso no fue lo que más me sorprendió. Lo que más me sorprendió fue la gente. Al entrar al tren, un señor inmediatamente nos ofreció sentarnos. El dominicano siempre tan simpático. Estábamos pasando por la Ovando, y la gente sentada en el vagón no parecían de por ahí. Había todo tipo de personas. Un joven con unos audífonos puestos escuchando música; otro con una mini-laptop haciendo no sé qué cosa; y a lo lejos podías escuchar el beep de una BB. Por supuesto, también estaba la señora con el niño y una funda de La Sirena, y en otro lado, un señor con sus hijos, que me dio la impresión que andaba en lo mismo que nosotros –curioseando. No pude evitar pensar con gran satisfacción cuánto ha avanzado nuestra sociedad. No pretendo hacer un análisis social de mi visita al metro, pero la verdad es que noté que el velo que separa las clases está cada día más fino, lo cual en lo personal, me alegra. Probablemente muchos de mis compañeros de vagón tienen mayor capacidad adquisitiva que yo en este momento, aún viviendo en Villa Mella.

Llegamos hasta la última estación, Mama Tingó, y ahí nos desmontamos para regresar. Para mi sorpresa no había un pasadizo hasta el otro andén, sino que tuvimos que salir a la calle, cruzarla, y luego volver a pagar. Puedo decir que de mi experiencia, es lo único que no me cuadró, pues como yo soy distraída, pensé en que si fuera una usuaria recurrente del metro, de seguro más de una vez me pasaría de la estación en que estoy supuesta a bajar, y devolverme implica cruzar la calle y pagar 20 pesos más. Créanme cuando les digo que ese tipo de cosas me pasa con frecuencia.

Y qué mayor evidencia que ésta. Cuando llegamos a nuestro punto de origen, la estación Francisco Caamaño, en donde habíamos dejado el carro en el parqueo del Casino del Hispaniola, me encontré con la sorpresa de no encontrar las llaves. Buscamos en todas las carteras y en todos los bolsillos, y nada. Definitivamente, las había botado en el metro. Les pedí a mis acompañantes que me esperaran junto al carro y bajé de nuevo a la estación a ver si por si acaso podía encontrarla. Cuando bajé, le expliqué a una señorita uniformada sobre mi descuido, y muy amablemente me dijo –No se preocupe-, e inmediatamente se comunicó por radio con alguien y al minuto me informó que las habían encontrado y que venían en camino en el próximo tren. Aparte del alivio de encontrar unas llaves, cuyas copias sabrá Dios donde están, me dio mucha satisfacción el sistema. Ni siquiera sé cómo llamarlo; quizás civismo, organización, orden, no sé… Sólo sé que debajo de nuestra ciudad circulan personas civilizadas, educadas, amables, que no gritan ni hacen ruido. Es como si cuando bajaran al subsuelo, al montarse en ese aparato, sencillamente se transformaran.

Mi primer lugar desconocido fue todo un éxito, y aunque ya no es desconocido, me quedé con las ganas de volver.

Hasta la próxima semana.

sábado, 8 de enero de 2011

La inspiración...

¡Hola! Mi nombre es Mirtha Lockward. Algunos me llaman Nana. Tengo 40 años, casi 41, pues cumplo año el 27 de febrero. Soy divorciada 2 veces y tengo 3 bellos hijos; 2 varones, de 15 y 13 años, y una niña de 7. Dediqué casi la mitad de mi vida a la carrera bancaria, pero hace 2 años, hice un cambio de rumbo, y me dediqué a otra cosa. Ahora soy co-propietaria de un centro de transformación y liderazgo y trabajo todos los días en mi propio crecimiento y en el crecimiento de los demás. Me gusta escribir.

Hace unos días, tuve el placer de ver una película llamada Julie & Julia. Sencillamente me encantó. Se trata de una joven que tenía la inquietud de escribir y que decide iniciar un blog sobre cocina como proyecto, específicamente sobre las recetas de la autora de un famoso libro de cocina, Julia Child. Me sentí muy identificada con la historia, no por el lado de la cocina en realidad, sino por el lado de escribir y de emprender algo. Algo en apariencia simple y quizás hasta absurdo, pero que conlleva tener de lo que yo carezco: disciplina. Y pensé, yo debería hacer lo mismo. Debo crear un blog.

Como siempre, vinieron a mi cabeza un millón de pensamientos limitantes y de sabotaje. ¡Qué copiona! –fue lo primero que pensé. Sin embargo, como si estuvieran un diablito y un angelito discutiendo en mi cabeza, inmediatamente también pensé, -pero si a eso voy, entonces no haré nunca nada. ¿Cuántas cosas deja de hacer la gente por temor a que lo cataloguen de poco original? ¡Qué afán el de los seres humanos de ser únicos! Así que con ese último pensamiento, el angelito en mi cabeza venció al diablito, y me decidí: crearía un blog y escribiría en él religiosamente durante todo el 2011.

Luego vino lo mejor: ¿de qué diantres escribiría? Y para mi sorpresa no fue tan difícil. Me puse a pensar en qué es lo que más disfruto hacer. Esa no es una pregunta sencilla, en realidad, pero repasando todo lo que me gusta hacer, me vino a la mente un momento en específico de mi vida. Me encanta viajar; lamentablemente, no lo hago tanto como quisiera. Pero buscando lo que más me gusta, recordé un viaje en específico. Fue a Argentina. Fui sola. El motivo del viaje fue para asistir a un seminario relacionado con mi trabajo en aquel tiempo, y me tomé algunos días adicionales para conocer el lugar. Y recuerdo que lo que más disfruté del viaje fue el hecho de estar sola y tener la libertad de ir a conocer lo que quisiera, pararme en donde quisiera, y decidir qué hacer y qué no hacer. Parece tonto, pero si te pones a pensar, todo el que viaja acompañado, aunque puede gozar de la dicha de compartir momentos maravillosos con alguien, también está supeditado a que debe existir un consenso en cuanto a donde ir y qué hacer. Durante mi viaje a Argentina, yo no tuve ese problema. Era libre, libre de elegir.

Hice por supuesto la analogía con mi situación actual. Tengo 2 años ya divorciada de mi segundo esposo, tiempo durante el cual no he hecho otra cosa más que lamentarme del hecho de estar sola. Pero eso fue sólo hasta ayer, porque a partir de hoy comenzaré a disfrutar cada momento de mi vida como si estuviera en un viaje en un lugar desconocido, un lugar nuevo, que podré escoger, que podré decidir cuándo y cómo ir, que podré decidir también si me gusta o no y cuánto tiempo quedarme.

Y de eso se trata este blog. Cada semana durante el año 2011 visitaré un lugar desconocido. Puede ser lo que sea. La única regla es que tiene que ser cada semana y que el lugar debe ser desconocido para mí. Puede ser un restaurante, un museo, la casa de un amigo, un pueblo, y por qué no, quizás un país. No importa el lugar, ni las personas que encuentre allí, lo visitaré cada semana y escribiré sobre mi experiencia, sea buena o mala. Un año y 52 lugares desconocidos. Será toda una aventura. Será divertido. Y también será importante, porque las cosas no tienen importancia por sí solas, sino la que yo le dé. Y será importante porque me atreveré a hacer cosas diferentes, con personas diferentes, mientras también trabajo en mi talón de Aquiles: la disciplina.

Así que esto es tan sólo una introducción. A más tardar este domingo, visitaré un lugar desconocido y escribiré sobre ello en mi blog. ¿Qué lugar será? Ni idea; todavía estoy pensando. Jiji!! Me siento como si estuviera preparándome para un gran viaje cuyo destino desconozco. Probablemente ni salga de esta ciudad, pero qué importa, lo importante es que estoy disfrutando esa sensación que nos invade cuando vamos a viajar hacia un lugar al cual nunca hemos ido, y es la sensación de que todo es posible y de que será maravilloso.

Nos vemos el domingo…Wao! Eso es prácticamente mañana.