Esta semana que pasó fue verdaderamente especial. Después de una jornada de trabajo sin precedente, escogí dejarme llevar por dos de las personas más importantes de mi vida: mis dos hijos varones. Los pasé a buscar un poco tarde ya en la noche, y cuando se montaron en el carro, simplemente les dije: “Mis hijos, necesito que me lleven a cenar a un lugar desconocido”. Comenzaron a mencionar lugares, y ninguno aplicaba para mi peculiar misión semanal. “Ya fui”, “lo conozco”, les iba diciendo, mientras ellos cantaban su lista con entusiasmo. Hasta que mencionaron uno que realmente no conocía, pero que sí había escuchado hablar de él.
Al acceder a ir al lugar sugerido por mis hijos, sabía que corría el riesgo de descubrir, no sólo un lugar desconocido, sino todo un mundo desconocido para mí: la vida social de mis hijos. Porque por sorprendente que me parezca, a su edad, mis hijos tienen una vida social mucho más activa que la mía. Todos los fines de semana van a uno de los centros comerciales de la ciudad. Muchas veces a hacer nada, simplemente a “janguear”. O si no, un cine, o una “juntadera” (la nueva palabra del momento) en casa de algún compañero o compañera del colegio. Y les confieso, que me sentí aterrada. Porque a medida que los hijos van creciendo, sobre todo si son varones, uno no tiene de otra más que confiar en los valores inculcados en ellos hasta el momento, y dejar que tengan –en la medida de lo razonable, por supuesto- sus propias experiencias. Pero como madre, es todo un dilema. La frase famosa de “¿sabes dónde están tus hijos?” alberga una disyuntiva aterradora, porque ¿realmente queremos saber? ¿Cómo manejar si tus hijos frecuentan algún lugar inapropiado? La prohibición es siempre una opción; el castigo también, pero ¿y si hacer eso es peor? El manual para padres de hijos adolescentes aún no ha llegado a mis manos y como los tiempos han cambiando tanto, la referencia que tenemos, que es la crianza recibida por parte de nuestros padres, se ha convertido en prácticamente un absurdo.
Al entrar al lugar, mi hijo mayor saludó al dueño del establecimiento, un señor de unos cincuenta años evidentemente árabe, como si fuera su “pana full”. Lo que por supuesto evidenciaba que mi hijo era un visitante regular del lugar. Me molesté un poco porque no me presentó. De repente, me sentí como la mujer que el hombre no quiere presentar a sus amigos. “Humm” pensé, e inmediatamente yo misma me auto-presenté con tono un tanto autoritario y sarcástico. “Buenas noches, yo soy su madre”. El hombre no pudo evitar entrever una sonrisita y muy cortésmente me dijo: “No se preocupe, señora” – como si entendiera todo lo que yo estaba pensando – “usted es como la 4ta madre que nos ha visitado en esta semana”. Bueno, me sentí aliviada; al menos, yo no era la única madre juiciosa y desconfiada.
Se trata de un pequeño restaurante árabe que los jóvenes de la edad de mis hijos frecuentan. Lo que tiene de particular el lugar, prefiero no comentarlo, pues hacerlo pudiera acarrear cierta controversia. Lo que sí puedo decirles es que a pesar de mi gran dilema de si el lugar es apropiado o no para mis hijos, me sentí satisfecha de que ellos tuvieran la confianza de compartir la experiencia conmigo. Ser la madre moderna, abierta y chula tiene sus beneficios; lo reconozco, aunque no siempre adopto esa postura. Eso sí, esa inseguridad de si estaré haciendo lo correcto no desaparece tan fácilmente, y les confieso que tuve que poner de mi parte para no salir corriendo a pedir ayuda gritando: “Auxilio!! mis hijos ya están grandes; ya se me fueron de mis manos”.
El lugar estaba prácticamente vacío por la hora y por ser domingo, asumo yo, y fuimos atendidos personalmente por el propietario, quien muy gentilmente me dio todos los detalles (al menos eso prefiero pensar) de lo que hacen y no hacen los jóvenes en su establecimiento. Me pareció un ambiente sano; no puedo decir lo contrario aún a pesar de mis prejuicios. En un momento, me atreví a preguntarle a este particular hombre su procedencia y por qué estaba en este país. Siempre me ha sorprendido cómo los extranjeros se enamoran de este país de una manera casi mágica. Muchas veces vienen de visita y sencillamente deciden quedarse. El hombre es palestino, de Jerusalén, -me especificó, por si acaso yo no supiera de qué nación me estaba hablando. Vivió prácticamente toda su vida adulta en Venezuela, en donde tenía negocios, hasta que debido a Chavez –según me contó- lo perdió todo y decidió migrar a tierras más amigables económica y socialmente. Hizo mucho hincapié en la seguridad que gozamos los dominicanos, poniendo el ejemplo de que en Venezuela ni pensar tener un negocio tan desprotegido y abierto hasta tarde en la noche.
A medida que fuimos avanzando en la conversación, me di cuenta que quizás no había sido muy prudente en no advertirles a mis hijos de ciertas cosas. Uno de ellos me dijo: “Mami, pero tú has viajado a Jerusalén”, y me instó a contarle al señor las circunstancias en las que había visitado Jerusalén años atrás. ¡Qué apuro! Resulta que mi difunto padre fue embajador dominicano en Israel, y tanto él como mi madre, grandes simpatizantes del pueblo judío; simpatía que particularmente adopté a lo largo de los años como si fuera una herencia familiar. Mis hijos sin darse cuenta me habían puesto la estrella de David en la frente, y ya no tenía forma de esconderla. Traté de salir del apuro muy diplomáticamente, midiendo cada palabra, pero para mi sorpresa la reacción de mi interlocutor fue sumamente civilizada. Me habló del conflicto árabe-israelí con muchísima altura, pero sin dejar de mostrar su corazón. Su rostro y su tono de voz inmediatamente develaron una gran tristeza, sobre todo cuando concluyó diciendo: “ese conflicto entre nosotros y los judíos no tiene solución. Hemos tratado, hemos tratado, pero nada ha valido”.
El señor me dio varios argumentos de por qué Palestina les pertenece a ellos y no a los judíos; argumentos que yo prudentemente no me atreví a refutar. Me limité a escuchar, no porque no me guste polemizar, sino más bien porque no cuento con los suficientes elementos como para salir airosa de tal debate. Si hubiese sido mi padre o mi madre que estuvieran allí, otra historia hubiese sido, pues su simpatía por el pueblo judío –desde mi punto de vista- siempre estuvo bien fundamentada en mucha información y conocimiento. Sólo me limité a comentar cuán increíble era que dos pueblos se estuvieran peleando por tantos años por un espacio terrenal tan ínfimo comparativamente, incluso con nuestro propio país.
La conversación concluyó muy amigablemente, y me fui con un solo pensamiento en mi mente y corazón: “todo es una interpretación”, y cada quien se cree dueño de la verdad. Pero en realidad, no existe la verdad, sino verdades, y cada quien tiene la suya. Oportuna la lección para el dilema entre el lugar y mis hijos. ¿No creen?
Hasta la próxima semana.
