
¡Hola de nuevo! Hoy visité mi primer lugar desconocido del año 2011. Y la verdad que me encantó. Durante varios días estuve debatiéndome en cual debía ser ese lugar. Como era de esperarse, había limitantes; las ya habituales que muchos conocemos: tiempo y dinero. Pero por esta vez, voy a pensar que en vez de “limitantes”, más bien fueron “causantes”; porque al final de cuentas sirvieron como señales en el camino para llevarme a mi destino, el cual fue perfecto.
Después de dar un poco de mente sobre algún lugar dentro de la ciudad de Santo Domingo que no conociera, y de recorrer en mi cabeza monumentos y sitios de interés, caí en cuenta que más que un lugar, lo que debía visitar era un medio: un medio de transporte: el metro. Un poco avergonzada debo admitir que no conocía el metro. Era de esas cosas que uno tiene pendiente y que como no es vital, pues no busca el momento para hacerlo.
Mi visita fue puntual. Acompañada de una amiga y cuatro niños, entre ellos mi hija de 7 años, llegamos a la estación Francisco Caamaño a eso de las 6:30 pm; a la hora mágica, que es la hora favorita de mi amiga, porque ni es de día ni es de noche. Inmediatamente bajamos a la estación, sentí como si en vez de llegar en carro, acababa de bajarme de un avión. Supongo que a todos los que han tenido la dicha de viajar a otras latitudes, le pasa lo mismo. Ni siquiera es comparable con el de Nueva York, pues éste está nuevo y para mi sorpresa, muy bien mantenido. Se puede comparar quizás en su apariencia, guardando la distancia por supuesto –pues tiene tan solo una línea-, con el de Washington, D.C. Wao! Todo nítido, limpio, nuevo. Es más, la operadora (sí, una mujer), hasta hablaba igual que los de fuera; no se le entendía nada cuando anunciaba la llegada a una estación. Y entonces, uno mira el letrero en la estación y se dice –Ahh, estamos en Amín Abel.
Pero en realidad eso no fue lo que más me sorprendió. Lo que más me sorprendió fue la gente. Al entrar al tren, un señor inmediatamente nos ofreció sentarnos. El dominicano siempre tan simpático. Estábamos pasando por la Ovando, y la gente sentada en el vagón no parecían de por ahí. Había todo tipo de personas. Un joven con unos audífonos puestos escuchando música; otro con una mini-laptop haciendo no sé qué cosa; y a lo lejos podías escuchar el beep de una BB. Por supuesto, también estaba la señora con el niño y una funda de La Sirena, y en otro lado, un señor con sus hijos, que me dio la impresión que andaba en lo mismo que nosotros –curioseando. No pude evitar pensar con gran satisfacción cuánto ha avanzado nuestra sociedad. No pretendo hacer un análisis social de mi visita al metro, pero la verdad es que noté que el velo que separa las clases está cada día más fino, lo cual en lo personal, me alegra. Probablemente muchos de mis compañeros de vagón tienen mayor capacidad adquisitiva que yo en este momento, aún viviendo en Villa Mella.
Llegamos hasta la última estación, Mama Tingó, y ahí nos desmontamos para regresar. Para mi sorpresa no había un pasadizo hasta el otro andén, sino que tuvimos que salir a la calle, cruzarla, y luego volver a pagar. Puedo decir que de mi experiencia, es lo único que no me cuadró, pues como yo soy distraída, pensé en que si fuera una usuaria recurrente del metro, de seguro más de una vez me pasaría de la estación en que estoy supuesta a bajar, y devolverme implica cruzar la calle y pagar 20 pesos más. Créanme cuando les digo que ese tipo de cosas me pasa con frecuencia.
Y qué mayor evidencia que ésta. Cuando llegamos a nuestro punto de origen, la estación Francisco Caamaño, en donde habíamos dejado el carro en el parqueo del Casino del Hispaniola, me encontré con la sorpresa de no encontrar las llaves. Buscamos en todas las carteras y en todos los bolsillos, y nada. Definitivamente, las había botado en el metro. Les pedí a mis acompañantes que me esperaran junto al carro y bajé de nuevo a la estación a ver si por si acaso podía encontrarla. Cuando bajé, le expliqué a una señorita uniformada sobre mi descuido, y muy amablemente me dijo –No se preocupe-, e inmediatamente se comunicó por radio con alguien y al minuto me informó que las habían encontrado y que venían en camino en el próximo tren. Aparte del alivio de encontrar unas llaves, cuyas copias sabrá Dios donde están, me dio mucha satisfacción el sistema. Ni siquiera sé cómo llamarlo; quizás civismo, organización, orden, no sé… Sólo sé que debajo de nuestra ciudad circulan personas civilizadas, educadas, amables, que no gritan ni hacen ruido. Es como si cuando bajaran al subsuelo, al montarse en ese aparato, sencillamente se transformaran.
Mi primer lugar desconocido fue todo un éxito, y aunque ya no es desconocido, me quedé con las ganas de volver.
Hasta la próxima semana.
Wow, excelente! Te felicito. Además de lo entretenido y bien redactado, me encantó que hayas descrito algo, que como dominicana ausente, no he tenido la oportunidad de conocer. Gracias por tomarte el tiempo de escribirlo y ahora estoy ansiosa por conocer tu próximo lugar desconocido.
ResponderEliminarUn abrazo,
Elizabeth
Amiga, me encanto......
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