Sin temor a equivocarme, puedo afirmar que los inmigrantes más destacados del mundo entero son los chinos, pues a donde quiera que migran se hacen notar. Y pienso que esto se debe, además de sus evidentes rasgos físicos y al gran volumen de su migración, a la riqueza de su cultura. De seguro que en cada ciudad del mundo hay un Barrio Chino, y Santo Domingo no es la excepción, a pesar de que tomó años para que se bautizara oficialmente como tal.
Podría decir que este lugar es semi-desconocido para mí, pues -aunque no lo recuerdo, estoy casi segura que en algún momento de mi vida pasé por esa sección de la Duarte, pero nunca lo había visitado después de que lo delimitaran a cada extremo con esas dos gigantescas estructuras en forma de pagoda.
Debo admitir que mi visita estuvo marcada con cierto prejuicio, pues hace aproximadamente 3 años, tuve el privilegio de visitar el barrio chino más grande del mundo y el que, por supuesto, tiene la mayor población de chinos: la China. Y como era de esperarse, ante tal comparación, quedé un poco decepcionada.
Primero le dimos un vistazo en carro en lo que encontrábamos parqueo y contemplábamos las estatuas de la acera de quien asumimos era Confucio, y luego nos desmontamos y caminamos apenas media cuadra. Como esta vez me hice acompañar de una amiga que ya conocía el lugar y que fungió como guía turística, tan sólo entramos a dos lugares que ella ya conocía y que por alguna razón, entendió que eran a los que valía la pena entrar; el primero una tienda, y luego a un restaurante. Mientras recorría la tienda no pude evitar sentirme engañada al descubrir que mucho de los artículos que orgullosamente exhibo en la sala de mi casa como souvenires de mi viaje a China y que cargué en una maleta so pena de pagar un exceso de equipaje desde el otro lado del mundo, se exhibían en esta tienda a precios irrisorios. “Me engañán”, pensé en mis adentros. Quien me manda a no haber hecho como mi madre, quien fue mi acompañante en mi travesía a la China, y que muy inteligente de su parte compró cosas poco comunes que realmente valían la pena. Yo, en cambio, hoy descubrí -3 años después- que sólo compré baratijas. Moraleja: si alguna vez vas a viajar a la China, primero visita el barrio chino de tu ciudad, y cuando te toque comprar en la China de verdad, asegúrate de hacer como mi madre; compra cosas como prendas de Jade originales, cuadros bordados de seda, muñecas de porcelana, o simplemente artículos que no vas a encontrar en la calle Duarte.
La visita al restaurante fue totalmente típica. Los dueños, una familia china (dah!). El esposo chino peleando con la esposa china, ¡adivinen! en chino. A lo mejor no estaban ni siquiera peleando, pero todo en ese idioma, que ni pretender saber si era cantonés o mandarín, suena a pleito. Por más que trate, no creo lograr imaginarme a ese mismo chino enamorando a su mujer. Y, por otro lado, los mozos que más dominicanos no podían ser. El que nos atendió, un típico tigre dominicano, no tenía la más mínima idea de cómo servir una mesa, pero –como es de esperarse, se salió con la suya con el más preciado recurso que tenemos en este país: la simpatía. Y no es que los chinos no sean simpáticos, es que la diferencia cultural es tan abismal que no hay manera de que podamos entenderlos. Para nosotros, un chino simpático es como escuchar a un dominicano haciendo un chiste chino, de esos que ahora ponen a circular por BB. Aunque, si bien es cierto que jamás podrán pronunciar adecuadamente la “r”, una cosa sí hay que reconocerles y es que nadie cocina como los chinos.
La comida fue tal como me la esperaba: rica, barata y abundante, pero sobre todo, rápida. Mi amiga comentó: “Wow! parece que tienen una paila de Chow Fan lista para servir”. Inmediatamente, mi mente graficó la paila gigantesca y un chinito todo sudado sirviendo sin medida. Interrumpí mi imaginación en ese momento, porque en los restaurantes chinos es mejor no imaginarse nada de cómo preparan la comida; lo mejor es comérsela y punto. Y la verdad que es tan buena, que qué importa. Ordenamos para dos, pero sobró más de la mitad, así que pedimos que nos la pusieran para llevar. Al final, terminamos comiendo de la misma comida cuatro personas, y ¡adivinen qué!, todavía sobró “pa’ po’ la”. Lamentablemente, no puedo decir lo mismo de la comida que consumí en mi viaje a la China de verdad, pues aunque tenían los mismos platos típicos, el sabor no era el mismo de la comida china “dominicana”. Recuerdo que en la ciudad de Beijing, ya mi paladar cansado de lo mismo, decidí entrar a un MacDonald, y para mi decepción, las hamburguesas en la China son totalmente diferentes, y no para mejor, según mi gusto. Es un verdadero misterio; en la China, la comida china no sabe a comida china, y la comida americana sabe a comida china.
Una cosa que no cambia, que sucede “aquí y en China” y que pueden esperar encontrar siempre en cualquier restaurante chino del mundo, es que cuando sales del establecimiento todo tu cuerpo, especialmente el pelo y la ropa, quedan impregnados de un característico olor. Es como si te la hubieras untado, en vez de haberla ingerido. Y si para colmo, como fue mi caso, entras comida para llevar dentro del carro, debes estar prevenido de que ese olor a grasa y a salsa colorá’ te acompañará por varias horas, y cuidao’.
Pero a pesar de mi decepcionante descubrimiento en la tienda y del souvenir en forma de olor que todavía permanece aún escribiendo estas líneas, no puedo negar que mi visita al Barrio Chino fue interesante. Lamento haber olvidado tomar una foto. Siempre olvido algo; por suerte, esta vez no fue la llave del carro. En fin, mi visita la caracterizó una comida buena y abundante, adornos coloridos y extravagantes, y sobre todo, descubrir que hasta los chinos terminan “aplatanándose”. En serio, en un momento me hice la pregunta de si estaba en el Barrio Chino en Santo Domingo o en el Barrio Dominicano en la China.
Hasta la próxima semana, que espero me lleve a un lugar desconocido fuera de la ciudad.
Muy buen humor.La proxima vez no dejes de subir a algun salon de belleza de un segundo piso para que te laven la cabeza. Si te aceptan (normalmente no aceptan dominicanas), yo tuve que protestar, la experiencia es surrealista. La lavada es ACOSTADA en una especie de talamo con una estera de maderillas, el lavacabeza, obviamente, esta abajo de tu cabeza. Te dan un masaje de cabeza y hombros espectacular y los productos son champu de jengibre, de sandalo y asi. Luego te secan dos o tres chicos androginos con el pelo pintado con crestas de colores mientras hablan a la vez y tu no sabes si es de ti que estan hablando. 200 pesos.
ResponderEliminarTampoco dejes de ir al supermercado donde venden de todo, desde las mejores medicinas, pasando por cosmeticos y teses.Y la almohada de hierbas medicinales para el insomnio y pipas de fumar opio (cual opio?), no se, pero pipas si hay.Sopas por pipá, dulces, wontones, etc.
Y los sabados por la mañana en la calle, venta de productores de COnstanza, todos los vegetales raros habidos y por haber, hasta tofu fresco en cubos de suero, y ellos vestidos como en la pelicula Indochina.
Wow!! gatubela!! que pena que no fuiste mi guía!! que interesante! volveré para vivir esa experiencia...
ResponderEliminarPobre chinos.. la acabá' que le acabas de dar!!
ResponderEliminarJajajajajaja... pero en tu defensa y por no conocer el idioma, es lo mismo que si hablaran de tí... Nunca sabrías si se burlan o simplemente hablan de otra cosa.